Sale del televisor y comienza a buscar, intentando no perder ningún detalle, algún objeto que le ayude a retornar con su familia, al seno cálido que la crió y motivó a "crecer" y "ser mejor". Sillas, sillones, ropa sucia, libretas deshojadas, libros contrahechos, juguetes sexuales. Nada parecía suficiente para ella, ninguna de estas cosas, por más útiles que le pudieran ser luego, servían de trampolín para saltar de regreso al hogar.
Entonces su mirada se fijó en un espejo. Lo único aparentemente limpio de aquella habitación de adolescente (al menos de eso parece) aparecía en la escena como un personaje guía que la conduciría al lugar de donde no debió salir. La nostalgia le llenó las mejillas de agua salada, la quijada de temblor y las manos de deseo por tomar este simple objeto que tanto usamos los que nos rasuramos y atravesarlo para llegar al otro lado.
No lo pensó dos veces, lo agarró por los bordes y su cabeza de niña loca golpeó contra la superficie reflejante.
Lluvia de cristales y sangre...
Después de unos momentos descubre la señorita algo que no había visto: un televisor. Una pantalla de tecnología de punta que parecía haber sido tratada con las patas de tan sucia que se veía. Pero eso sí, eran cuarenta y tantas pulgadas de placer instantáneo.
Luego de varias horas de haberla encendido y de otros tantos chocolates que se hubo zampado, le dio tanto sueño que creyó empezar a soñar en pasar al otro lado de la pantalla.
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