miércoles, 30 de enero de 2013

Sobre la "rosita pa la dama", como dice el vendedor del crucero

El vendedor de rosas me da tanta lástima, que alguna vez que pasé, de regreso a casa, después de una jornada laboral de catorce horas de trabajo, una junta en la que intenté por todos los medios agradar al jefe y solapar sus errores administrativos ante los clientes, una orden de tacos en un lujoso, para mi bolsillo, restaurante que el jefe eligió por ser ese día su cumpleaños; dos sensaciones de estar perdiendo mi tiempo en nimiedades empresariales tan banales a mi espíritu ávido de elucubraciones y no de facturaciones, un regaño por parte del jefe por mi "forma de peinarme y mi andar despreocupado no agradable al cliente", tres miradas de disentimiento por parte de mis compañeros por mi llegada tarde... después de un día normal de trabajo, en pocas palabras, lo vi en el mismo crucero de siempre con su eterno ramo de rosas, ofreciéndolo a cuanto conductor pudiera, y le llamé entonces con un claxonazo. Le pedí una rosa para mi mamacita, que me esperaba en casa y busqué el dinero necesario para pagar por el producto. Después de colgar una llamada del jefe en horas no laborales, no tanto por desinterés o descortesía hacia él, pues él está de testigo, si me oye, de que siempre le contesto, sino más bien porque el pobre vendedor de rosas y yo temíamos que me alcanzara el verde en el semáforo antes de poder sacar la oportuna moneda.

Al fin lograda aquella hazaña caritativa de comprarle una rosa, agradecí a Dios todopoderoso no estar en los zapatos de este pobre infeliz.

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